Saul Bellow, retratista del delirio del siglo XX, cumpliría hoy 100 años

Saul Bellow, retratista del delirio del siglo XX, cumpliría hoy 100 años

Nueva York, 10 jun (EFEUSA).- Retratista en clave sardónica de una modernidad que amenazaba y pesaba sobre la integridad del hombre, Saul Bellow, ganador del premio Nobel de Literatura en 1976 y pieza clave de las letras anglosajonas, hubiese cumplido hoy 100 años.

“No creo que haya representado nunca a un hombre verdaderamente bueno. Nadie es realmente admirable en mis novelas. El realismo me ha constreñido demasiado en eso”, aseguró Bellow en una entrevista con The Paris Review, sintetizando su mirada a un mundo al que siempre tuvo bajo sospecha y al que optó por captar de la manera más intrincadamente irónica.

Nacido en Lachine (Canadá), el 10 de junio de 1915 y fallecido casi 90 años más tarde, el 5 de abril de 2005, en Brookline, Massachusetts (Estados Unidos), Bellow tenía en sus venas sangre judía eslava y cambió de nacionalidad a estadounidense para ir a la Segunda Guerra Mundial.

Fue entonces cuando, defendiendo a un país que todavía no sentía como suyo, nació su genio literario en “El hombre en suspenso” (1944), sobre cómo intentar abandonar una guerra. Sin embargo, acabada al contienda, se dio cuenta de que la guerra solo era la punta del iceberg de un siglo que avanzaba hacia el delirio.

Siempre con la mirada al realismo del siglo XIX (era gran admirador de las grandes novelas rusas) fue transitando de la gravedad doliente de sus primeros escritos a la picaresca aún más punzante de su primera gran novela “Las aventuras de Augie March”, que llegó a ser descrita como un nuevo Quijote.

“Si me obligan a elegir entre la protesta y la comedia elijo la comedia, que es más enérgica, sabia y viril. Esa es la auténtica razón por la que no me gustan mis primeras novelas”, diría.

Corría el año 1954 y Bellow ganaba su primer National Book Award, galardón con el que llegó a hacer triplete (también lo ganó por “Herzog” y “El planeta de Mr. Sammler”, de temática judía) convirtiéndose en el único literato en lograr esa gesta hasta la fecha.

En 1975 ganó el Pulitzer por “El legado de Humboldt”, esa novela en la que se decía que “la cantidad de personas que se toman en serio el arte y el pensamiento en Estados Unidos es tan reducida que incluso aquellas que no llegaron a nada son inolvidables”.

El éxito de este juego de espejos lleno de guiños a su propia vida, ayudó a que en 1976 la Academia Sueca decidiera darle su máximo honor, el Nobel de Literatura, y destacaran “el entendimiento humano y el análisis sutil de la cultura contemporánea que se combinan en su obra”.

En su discurso, hizo una firme defensa de los caminos vitales heterodoxos. “Cuando debería haber estado estudiando ‘Dinero y banca’ estaba leyendo novelas de Joseph Conrad. Pero nunca he tenido una razón para arrepentirme de ello”, dijo.

Y, desde luego, hizo una oda al papel de la ficción para dar sentido a la realidad.

“Una novela es la mezcla entre unas cuantas impresiones verdaderas y una multitud de impresiones falsas que conforman lo que llamamos vida. La novela nos cuenta que para cada ser humano hay una diversidad de existencias, que la existencia singular en sí misma es, en parte, una ilusión. Que esas múltiples existencias significan algo, llevan hacia algo, llenan algo. Nos prometen un sentido, una armonía, incluso una justicia”, aseguró.

Su poderoso discurso, lleno de aristas sobre la percepción y el consuelo, causó sensación no tanto en el gran público sino en los creadores de todo tipo, de manera que Bellow ha sido citado como referencia desde las más inesperadas esquinas del arte.

Philip Roth, también judío y también poco complaciente con su comunidad, lo consideró “la columna vertebral de la literatura estadounidense del siglo XX” junto con William Faulkner.

Woody Allen contó con él en, precisamente, su documental lleno de señuelos, “Zelig”, y hasta el cantante “indie” Sufjan Stevens le dedicó una canción. Así de variados han sido sus lectores.

“Tengo en mente a otro ser humano que me entenderá, cuento con ello. Pero no hablo de un entendimiento perfecto, que es algo cartesiano, sino de un entendimiento aproximado, que es algo judío. Y de un entendimiento de compasiones, que es algo humano”, decía.

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