Ciudad Juárez (México), 17 feb (EFE).- Con un horario que obligó al auditorio a sufrir las horas del día de mayor sol, el sacrificio de los fieles fue una de las notas más destacadas de la misa multitudinaria de Francisco en Ciudad Juárez, dedicada precisamente por el papa a uno de los grupos que más saben de eso, los migrantes.
Para la última gran ceremonia del papa en su visita a México se preveía la presencia de 220.000 personas pero las expectativas parecieron superadas por la marabunta que se agolpó alrededor de la ya de por sí repleta explanada de la feria juarense, a pocos metros del Río Bravo, que separa México de Estados Unidos.
Las reglas de seguridad fueron estrictas, hasta el punto de impedir, en los cuatro filtros de seguridad dispuestos, el ingreso de botellas, sombrillas y sillas plegables, o de obligar a los que quisieran llevar alimentos a hacerlo en bolsas y troceados.
Los personajes más solicitados fueron los voluntarios que repartieron agua en vasos de plástico a aquellos que sufrieron los estragos del calor.
Menos populares fueron los voluntarios que pasaron con botes para que los asistentes dieran su apoyo monetario a la Iglesia en unas improvisadas ofrendas adelantadas a la misa por falta de tiempo en la ceremonia, según los organizadores.
El acceso al lugar se abría a las seis de la mañana de este miércoles, así que los más madrugadores pasaron más de 10 horas antes de ver al pontífice, de ellas más de la mitad bajo un sol de justicia.
En la lucha contra los rayos solares proliferaron los sombreros y gorras, aunque los poco previsores tuvieron que apelar a lo que tenían a mano, desde un cojín hasta una camiseta enrollada en la cabeza.
Aunque la misa fue retransmitida también en El Paso (Estados Unidos), vecina de Ciudad Juárez, a la ceremonia en suelo mexicano llegaron personas de uno y otro lado de la frontera.
Desde Alburquerque, en Nuevo México (EE.UU.), llegó Nelly Vaca junto a su esposo, su hija y su yerno.
Nelly explicó a Efe que no volvía a Ciudad Juárez desde que sirvió allí con su marido como misionera durante ocho años en cárceles, centros psiquiátricos y barriadas populares.
El papa tuvo en las primeras filas unos invitados muy especiales, representantes de grupos vulnerables de los que se acordó en su sermón, como las madres de las víctimas de feminicidios, un fenómeno por el que es tristemente famosa Ciudad Juárez, o de los que son blanco de trata de personas, esclavitud, extorsión o explotación.
Una de las invitadas por Francisco fue Mercedes Romero, madre de un hombre desaparecido hace 26 años y que en una entrevista previa con Efe manifestó su deseo de que el pontífice se sensibilice con ese tema por proceder de un país muy castigado por ese fenómeno en el pasado.
«Él es de Argentina y Argentina es el primer país que tuvo problemas con los desaparecidos», recordó.
Romero, de origen salvadoreño, vive en EE.UU., a donde emigró en 1976 para iniciar una vida llena de dolor y privaciones, dejando atrás a dos hijos que pudo llevar luego a ese país.
El primero de ellos, José Leónidas Moreno, fue deportado después de asumir la mayoría de edad a México y en 1991 desapareció en la frontera con Guatemala tras ser detenido por fuerzas de seguridad, según su madre.
También desde EE.UU. llegó María Montaño en un grupo de 35 personas, entre ellas dos sacerdotes, procedente de la diócesis de San Bernardino.
«La migración está separando las familias; hay personas a las que han deportado y han dejado a sus hijos allá a cargo de otras gentes y deberían darles una oportunidad porque es gente trabajadora», indicó a Efe Montaño, que hizo un trayecto de autobús de casi un día para llegar.
San Bernardino es la población en la que el pasado 2 de diciembre el matrimonio formado por el estadounidense Syed Farook y la paquistaní Tashfeen Malik perpetraron un atentado que dejó 14 muertos.
«Fue una matazón horrible. En realidad es gente religiosa pero no es gente que está al lado de Dios», opinó Montaño al respecto.
La misa del papa tuvo un inicio tan llamativo como memorable fue su final.
Cuando se anunció su llegada retumbó el ya clásico «Se ve, se siente, el papa está presente», al que siguieron los aplausos al verlo pasar zigzagueando por la vasta platea en el papamóvil y luego un sentido silencio para verlo subir hasta una cruz erigida sobre un templete junto a la valla fronteriza, donde rezó por los migrantes.
El sermón, cargado de contenido y simbolismo, pareció llenar las expectativas de los presentes y compensar su sacrificio bajo el sol, que se apagó al mismo tiempo que terminaba la ceremonia.



















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